La fragilidad del éxito

La fragilidad del éxito

 

¿Cuánto haces en la vida para tener éxito?

¿Qué es el éxito en términos corporativos? Una buena facturación, muchos reconocimientos en tu mercado; ser Top Voice en LinkedIn; escribir textos interminables y gozar de 365 “likes”.

Todo ello mientras tengamos vida. Valoramos y trabajamos por el reconocimiento terrenal. Un financiero dirá: “Exacto, esto es lo concreto, lo vigente, lo real y tangible”.

Sí, pero ¿acaso no trabajamos en nosotros para trascender? Ustedes dirán que sí. Pero mi pregunta es: ¿Trabajamos siendo conscientes de que esta vida es finita?

Hace un mes y medio falleció mi abuela, a los 107 años —pregúntenle a ella por la trascendencia— y el sábado pasado falleció un cliente de Leguleya. A este cliente nunca lo conocí en persona. Tampoco llegamos a ser muy amigos. Sin embargo, en mi imaginario era alguien cercano: una persona amable, comercial, un empresario con muchas ganas de salir adelante tal como su socia. Mi abuela era más bien una líder, promotora de diversas acciones familiares; visionaria ante los problemas y muy pronta para encontrar soluciones. “Pitonisa”, le decía mi cuñado. Y un poco, sí.

Me pregunto si estos dos seres humanos trabajaron de manera «consciente» para dejar una marca, una huella, lo que yo llamaría brand equity, después de pasar a mejor vida.

Muchas veces te lo planteas como estrategia ( tal como escucho a varios consultores dar máximas de cómo ser más conocido); otras veces nace contigo. Y, en ocasiones, surge de la necesidad: ese motor indiscutible que te impulsa a ir más allá de lo previsto o incluso de lo que creías ser capaz de hacer. ¿Acaso no te ha sorprendido la necesidad? Y creo que esto está íntimamente ligado a la conducta, a lo que haces. Uno es lo que hace —siempre lo digo—, no lo que dice que hace. En esa línea, tanto mi abuela como mi cliente dejaron claro lo que querían lograr en sus vidas: sus conductas lo evidenciaban. Basta con leer los mensajes en el perfil de mi cliente, y también basta con recordar el doloroso y multitudinario velorio de mi abue.

En este punto me pregunto: ¿de verdad cuesta extrañar el cuerpo o es el alma (o ánima) lo que extrañamos? Somos seres terrenales, carnales, pasionales. Y nos resulta difícil entrar en ese pensamiento íntimo donde se extraña al «ser», no al cuerpo. Ese pensamiento que te lleva a escribir poesía para estar viva y a la vez conectarte con tu padre, por ejemplo, como le ocurre a mi querida Paloma Yerovi Cisneros.

Mientras sigamos recordándolos, ellos —y todos los que ya no viven— seguirán vigentes, como los buenos liderazgos. Como la huella que, estoy segura, dejaron en nosotros sin haberla planificado, de manera casi inconsciente.

Uno, efectivamente, es y trasciende por lo que hace y por lo que hizo.

Por mi lado, con humildad y un poco de vergüenza, comparto que puedo llegar a ser la mujer más exitosa del mundo si me lo propongo. Que puedo llegar a ser la madre empresaria más exitosa, también. Puedo llegar a ser lo que me proponga. Porque la medida del éxito y de la felicidad ( y en mi caso) la pongo yo misma y me hago cargo. Tal como las dos personas que conmemoro en este artículo. Es esto lo que dejaré a mi hijo: un hijo único que vive inmerso en la digitalización y la inmediatez.

Me duele la partida de mi abuela; una parte de mí se fue con ella. Y, extrañamente, también me duele la partida de mi cliente: un joven exitoso, trabajador, un ser humano muy querido.

¿Qué hacemos para trascender en paz y satisfacción?

Nadie tiene la vida comprada, pero tenemos todas las posibilidades abiertas, todos los días de nuestras vidas.

A @Keka y @R con mucho respeto y cariño.

#Leguleya

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